Una aventura que empezó mucho antes de caminar

“Hay aventuras que se recuerdan por el destino. Otros por las personas que conoces. Pero existen unas pocas que permanecen para siempre porque te transforman mientras los recorres.”

Cuando nos propusieron guiar a un grupo de senderistas y montañeros llegados desde la otra punta de España hasta el Cabo de Finisterre siguiendo el espíritu de la GR1, sabíamos que no estábamos organizando una ruta cualquiera. El objetivo era recorrer 144,365 kilómetros divididos en seis etapas, uniendo Betanzos con el llamado Fin del Mundo. Sobre el papel parecía una travesía apasionante; sobre el terreno, pronto descubrimos que también sería un desafío.

Ficha de la ruta.

  • 📍 Recorrido: Betanzos – Cabo de Finisterre.
  • 🥾 Distancia total: 144,365 km.
  • 🗓️ Duración: 6 etapas.
  • 👥 Participantes: Grupo de senderistas y montañeros procedentes de Valencia.
  • 🧭 Organización y guiado: Orosa Aventura.

Cuando un sendero prácticamente desaparece

La GR1, el histórico sendero que atraviesa España de Este a Oeste cruzando montañas, valles y pueblos cargados de historia, llega prácticamente hasta Asturias con un trazado bien definido. Sin embargo, al acercarse a Galicia la información comienza a diluirse. La señalización desaparece, los tracks existentes son incompletos y muchos caminos que en su día formaron parte del recorrido han sido absorbidos por la vegetación, modificados por nuevas infraestructuras o simplemente olvidados con el paso del tiempo.

Aquello, lejos de desanimarnos, despertó todavía más nuestras ganas de sacar adelante el proyecto. Durante semanas convertimos la planificación en una auténtica expedición antes de la expedición. Horas delante de cartografía topográfica, fotografías aéreas, mapas históricos y aplicaciones de navegación fueron dando forma a un recorrido que, en muchos tramos, tuvimos que diseñar prácticamente desde cero.

No se trataba únicamente de enlazar caminos. Queríamos construir un itinerario lógico, atractivo y seguro, que respetara el espíritu de la GR1 y que permitiera descubrir una Galicia diferente, la que pocas veces aparece en las guías turísticas.

El trabajo que nadie ve detrás de una expedición

Cada etapa fue estudiada con detalle. Analizamos desniveles, distancias, tiempos aproximados de marcha, puntos de abastecimiento de agua, posibles zonas de descanso, alternativas en caso de incidencias y lugares desde los que una evacuación pudiera realizarse con rapidez si fuese necesario.

A lo que se añadió otro problema con el que no contábamos en principio. Ellos venian acompañados de un autobús de grandes dimensiones que nos acompañaría durante cada etapa del recorrido por si algunos de los participantes a mitad de etapa, quería subir para incorporarse en el punto de llegada.

Establecer de antemano los puntos de coordinación en la “Galicia profunda” con un autobús de esas dimensiones por carreteras rurales y pistas, buscar los sítios donde pudiera maniobrar, los puntos de dejada y recogida de cada etapa, solo se pudo realizar sobre el terreno en cada una de las etapas, coordinandonos con el conductor y 2 personas del grupo que lo acompañaban. Problema que se fúe resolviendo cada día sin más complicaciones, ayudandonos de la cartografía digital de la zona y a veces revisando in situ a la llegada esos puntos.

La investigación el trazado de rutas, los “tracks” desniveles de cada etapa, previsiones meteorológicas, y puntos de paso complicados, son aspectos que normalmente pasan desapercibidos para quienes participan en una actividad, pero que forman parte del trabajo diario de cualquier guía de actividades. Cuando alguien confía en ti para acompañarlo durante casi ciento cincuenta kilómetros, sabes que detrás de cada decisión debe existir una planificación sólida.

Durante aquellas semanas hubo mucho más que mapas sobre una mesa.

  • Estudio de cartografía y ortofotos.
  • Diseño completo de las etapas inexistentes.
  • Reconocimiento de caminos y cruces.
  • Localización de fuentes y puntos de descanso.
  • Planificación logística diaria.
  • Estudio de previsiones meteorológicas.
  • Diseño de posibles alternativas ante incidencias.

Todo ello con un único objetivo: que, cuando llegara el día de comenzar, el grupo solo tuviera que preocuparse de disfrutar del camino.

Betanzos nos recibió con un calor histórico

Con todo preparado llegó por fin el día de recibir al grupo. Había ilusión, nervios y muchas ganas de comenzar. Algunos participantes acumulaban años recorriendo montañas, mientras que para otros suponía enfrentarse a una de las travesías más largas que habían realizado hasta ese momento, pero en general eran personas curtidas en senderismo y travesias.

El destino quiso añadir un ingrediente inesperado desde el primer momento.

Galicia estaba viviendo uno de los episodios de calor más intensos que se recuerdan en los últimos años. Quienes vivimos aquí sabemos que estamos acostumbrados a un clima suave, pero durante aquellos días las temperaturas alcanzaron valores completamente inusuales para nuestra tierra. A ese calor había que sumarle una humedad muy elevada, que hacía que la sensación térmica fuese todavía más exigente.

La primera etapa, con salida desde Betanzos, comenzó bajo ese escenario.

Sabíamos que el calor marcaría el desarrollo de la jornada, así que adaptamos desde el primer momento el ritmo del grupo. Las fuentes de agua fueron convirtiéndose en auténticos oasis donde rellenábamos cantimploras, refrescábamos la cabeza, mojábamos gorras y aprovechábamos para descansar unos minutos antes de continuar.

Afortunadamente, la actitud de todos los participantes fue ejemplar.

Nadie perdió la sonrisa.

Nadie pensó en rendirse.

La primera etapa terminó con la satisfacción de comprobar que la planificación previa y el compañerismo eran nuestros mejores aliados.

En Orosa Aventura siempre comenzamos nuestras rutas con una pequeña parada a los 20 minutos para ajustar equipo y sacar la ropa que ya nos sobre, y despues cada 50 minutos de caminata solemos parar 10 para beber algo, tomar alguna barrita, fruta o frutos secos.

Dos etapas donde el protagonista fue el calor

Las dos primeras etapas discurrían por el Camino Inglés. Es un recorrido conocido, cómodo y perfectamente señalizado, aunque durante aquellos días presentaba un inconveniente importante: largos tramos de asfalto y muy pocas zonas de sombra.

Conforme avanzaban las horas centrales del día, el pavimento parecía devolver el calor hacia arriba y cada kilómetro exigía un esfuerzo mayor.

Fue precisamente ahí donde la coordinación diaria comenzó a cobrar un protagonismo absoluto. Y también unos aspersores de riego que encontramos en el típico jardín de “Pazo Gallego” y que hicieron de improvisadas duchas para aliviar el calor que llevábamos en nuestro cuerpo.

Cada mañana revisábamos la previsión meteorológica, adaptábamos los horarios para intentar evitar las horas más duras, controlábamos el ritmo del grupo y alargábamos ligeramente algunos descansos cuando era necesario.

Una expedición nunca consiste en cumplir un horario a toda costa. Nos híbamos adaptando teniendo en cuenta la seguridad de todos los participantes.

La Galicia más desconocida apareció ante nosotros

Superadas esas dos primeras jornadas llegaba el tramo que más ilusión nos hacía recorrer.

Era el momento de abandonar los itinerarios conocidos y comenzar a caminar por el recorrido que habíamos diseñado desde Orosa Aventura.

Allí desaparecían las referencias habituales y comenzaba la verdadera exploración. Fueron dos etapas muy especiales, porque en ellas encontramos la Galicia más auténtica y desconocida.

Caminamos por pequeñas aldeas donde parecía que el tiempo se había detenido, cruzamos numerosos cruceiros centenarios que siguen acompañando los caminos rurales desde hace generaciones y contemplamos hórreos que continúan formando parte del paisaje cotidiano gallego.

El paisaje comenzó a transformarse poco a poco.

Dejábamos atrás muchos tramos de asfalto para adentrarnos en senderos que serpenteaban entre bosques atlánticos. Después de las altas temperaturas de los primeros días, aquellas sombras fueron recibidas casi como un regalo.

Caminar bajo robles, castaños y eucaliptos permitía recuperar fuerzas mientras el sonido del viento y de los pájaros sustituía al calor reflejado por el pavimento.

Fue precisamente en esos momentos cuando comprendimos que todo el trabajo de planificación había merecido la pena.

Adaptarse cada día: la verdadera labor del guía

Cada tarde, cuando llegabamos al punto de alojamiento y miestras el grupo descansaba, la expedición continuaba para nosotros.

Revisábamos la meteorología del día siguiente, analizábamos el recorrido, comprobábamos los puntos de agua disponibles, reorganizábamos los horarios si el calor seguía apretando y valorábamos cualquier pequeño ajuste que pudiera mejorar la experiencia. Y como antes explicamos, buscando los puntos de inicio y llegada para ese gran autobús en esta Galicia de pequeñas carreteras entre aldeas y ayuntamientos de pocos habitantes.

La naturaleza y la orografia siempre tiene la última palabra.

Y una de las mayores cualidades que debe tener un guía no es conocer todos los caminos, sino saber adaptarse cuando las condiciones cambian.

El Camino vuelve a unir a personas de todo el mundo

Las dos últimas etapas volvieron a coincidir con el Camino de Santiago hacia Finisterre y el ambiente cambió por completo. Desde primera hora comenzaron a aparecer peregrinos llegados de todos los rincones del mundo.

Escuchábamos conversaciones en distintos idiomas y cada saludo terminaba convirtiéndose en una oportunidad para compartir historias. Hubo incluso algún peregrino que decidió caminar durante varios kilómetros con nosotros. Aquellas conversaciones espontáneas hicieron que el camino resultara todavía más enriquecedor.

Durante unos kilómetros todos caminábamos con el mismo objetivo. Llegar al Cabo de Finisterre.

Los últimos kilómetros nunca se olvidan

Cuando llegó la última etapa todos éramos conscientes de que el final estaba cerca.

No era una jornada especialmente larga, pero sí de esas que los senderistas conocen como “rompepiernas”, con continuos sube y baja que obligaban a sacar fuerzas de donde parecía que ya no quedaban.

Después de más de ciento cuarenta kilómetros recorridos, las piernas acumulaban el esfuerzo de toda la semana, pero el ánimo seguía intacto.

Y entonces ocurrió.

A lo lejos comenzó a dibujarse sobre el horizonte la inconfundible silueta blanca del Faro de Finisterre, recortándose entre el azul intenso del Atlántico y el cielo gallego. Al principio no era más que un pequeño punto casi imperceptible, una referencia lejana que parecía jugar con nuestra imaginación después de tantos kilómetros recorridos. Pero, paso a paso, aquel punto fue creciendo hasta hacerse inconfundible. Con cada zancada el faro se acercaba un poco más, y con él también la certeza de que el sueño estaba a punto de hacerse realidad.

Ya pasábamos por las poblaciones de Cee, Corcubión y Finisterre, por esa playa de Langosteira con sus arenas blancas y el agua que más de uno pensabamos en pegarnos un merecido chapuzón. Ya estaba el objetivo más cerca !!!

Todos éramos plenamente conscientes de que no solo estábamos alcanzando un destino geográfico. Estábamos culminando un proyecto que había comenzado muchas semanas antes, cuando la GR1 todavía era poco más que una línea incompleta sobre un mapa, llena de incógnitas y caminos por descubrir. Detrás de aquellos últimos metros había horas de estudio, planificación, decisiones logísticas y la ilusión de construir una ruta que permitiera unir Betanzos con el legendario Fin del Mundo.

En ese momento comprendimos que el verdadero premio nunca había sido llegar al faro. El auténtico éxito había sido todo lo vivido hasta alcanzarlo: los amaneceres, el calor sofocante, las fuentes que nos devolvían la vida, los bosques que nos protegían del sol, los senderos que recuperamos para el recorrido, las conversaciones compartidas, el compañerismo que nació entre personas que apenas se conocían una semana antes y la satisfacción de superar juntos cada kilómetro. Porque el Faro de Finisterre no marcaba únicamente el final de los 144,365 kilómetros recorridos; simbolizaba el final de una aventura que, sin duda, permanecerá para siempre en la memoria de todos los que tuvimos el privilegio de vivirla.

El Fin del Mundo… y el comienzo de la siguiente aventura

La llegada al Cabo de Finisterre fue uno de esos instantes que quedan grabados para siempre. Después de 144,365 kilómetros caminando juntos, el faro nos esperaba frente al inmenso Atlántico como símbolo del final del camino.

Permanecimos unos minutos contemplando el paisaje, casi en silencio, dejando que cada uno disfrutara de ese instante irrepetible.

Mientras observábamos el océano resultaba inevitable recordar cada fuente donde nos refrescamos, cada tramo de asfalto bajo un sol abrasador, cada sendero oculto entre bosques, cada cruceiro, cada hórreo, cada conversación con peregrinos de otros países y cada sonrisa compartida durante el camino.

Entonces comprendimos que los kilómetros acabarán olvidándose. Lo que nunca se olvida son las personas con las que compartes el camino, como la bautizada “Super Paquita” 83 años y realizó cada uno de los Kilómetros con su mochila, siempre con una sonrrisa y buenas conversaciones ( de las que nos llevamos muchas enseñanzas) ya que lleva en sus 83 años miles de kilómetros recorridos por senderos y montañas españolas.

Porque esa es la verdadera esencia de Orosa Aventura.

No organizamos únicamente rutas de senderismo.

Investigamos, planificamos, recuperamos caminos, compartimos conocimientos y creamos experiencias que permanecen en la memoria de quienes las viven.

Esta travesía nos ha llevado hasta el Fin del Mundo, pero también nos ha recordado por qué seguimos enamorados de la aventura y de la naturaleza ya sea montaña o costa.

Y mientras regresábamos a casa ya había una pregunta rondando nuestras cabezas…

¿Cuál será la próxima aventura?

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